La Parábola del Hombre Rico y el Hijo Pobre
Esta parábola es revelada en el Capítulo 4 del Sutra del Loto. La historia transcurre así:
Un pobre y pequeño niño dejó a su padre cuando era muy joven. Vivió en otro país por muchos años. Deambuló en todas las direcciones en busca de comida y ropas. Mientras deambulaba aquí y allá, sucedió que caminó hacia su país natal.
En esa época su padre estaba en una ciudad del país. Siempre había estado buscando a su hijo en vano. Ahora era muy rico. Tenía innumerables tesoros. Sus bodegas estaban llenas de oro, plata, corales y cristales. Tenía muchos sirvientes, carros, vacas y ovejas. Trataba con muchos mercaderes y clientes.
El hijo pobre llegó a la ciudad donde su padre estaba viviendo. El padre había estado pensando en su hijo todo el tiempo desde que lo había perdido. Él pensaba, “Estoy viejo y decrépito. Tengo muchos tesoros. Pero no tengo más hijos que el perdido. Cuando muera, mis tesoros serán dispersados y se perderán. Por tanto, siempre estoy anhelando a mi hijo. "
En ese tiempo sucedió que el hijo pobre se paró frente a la puerta de la casa del hombre rico. Viendo al hombre rico, el hijo pobre se asustó y pensó, “¿Es Él un rey o alguien como un rey? Éste no es el lugar donde podré obtener algún trabajo para conseguir comida y ropa fácilmente. Si me quedo aquí por más tiempo, podría ser forzado a trabajar.” Trató de correr de allí.
El hombre rico reconoció a su hijo a primera vista. Se sintió deleitado. Inmediatamente despachó a un hombre que estaba parado a su lado para rápidamente traer al hijo pobre. El mensajero corrió hasta el hijo pobre y lo capturó.
El hijo pobre se asustó y lloró, “No he hecho nada malo. Por qué me está agarrando?” El mensajero lo empujó a la fuerza. El hijo pobre pensó, “Estoy siendo capturado a pesar de no ser culpable. Seré asesinado.” Más y más asustado, el hijo pobre se desmayó y cayó al piso.
Viendo todo esto a la distancia, el padre dijo al mensajero, “No lo quiero más. No lo traiga a la fuerza! Eche agua fría en su cara para despertarlo!” El padre dijo esto porque realizó que su hijo era demasiado básico y mediocre para encontrarse con un noble. Él sabía que era su hijo, pero hábilmente se refrenó de contarles a otros que lo era.
Despertándose, el hijo pobre se puso de pie y se fue a un pueblo de gente pobre para obtener comida y ropa. El hombre rico despachó mensajeros en secreto. Les dijo a dos hombres que lucían desgastados, sin poder ni virtud, “Vayan y gentilmente díganle al hombre pobre que será empleado aquí por el doble de la paga diaria. Si acuerda con ustedes, tráiganlo aquí y háganlo trabajar para limpiar la suciedad, ustedes dos también trabajarán con él.” El hijo pobre cobró su paga por adelantado, y limpió la suciedad. Viéndolo, el padre tuvo compasión hacia él y se quitó su collar, su ropa y otros ornamentos. Se puso ropa sucia y andrajosa. Llegó donde los trabajadores y dijo, “Trabajen duro! No sean perezosos!” Viendo a este pobre hombre trabajando duro, el padre le dijo, “No vaciles en tomar unas bandejas, arroz, harina, sal y vinagre, tanto como necesites! Siéntete confortable.”
Años después, el hombre rico le dio un nombre y lo llamó su hijo. El hijo estaba alegre de ser tratado amablemente, pero todavía pensaba que era un humilde empleado.
Aún más años pasaron. Después de eso el padre y el hijo confiaban uno en el otro. Ahora el hijo no vacilaba al entrar a la casa de su padre, pero todavía se alojaba en su viejo lugar.
Ahora el hombre rico enfermó. Después de un tiempo el padre se dio cuenta de que su hijo tenía más paz y tranquilidad, de que quería mejorarse a sí mismo, y de que se sentía avergonzado del pensamiento de que era un hombre básico y mediocre.
El momento de la muerte del padre se aproximó. El padre dijo a su hijo que llamara a sus parientes, al rey, los ministros y miembros de su casa. Cuando todos estuvieron reunidos, les dijo, “Damas y caballeros, éste es mi hijo, mi verdadero hijo. Yo soy su verdadero padre. Él se escapó de mí cuando yo vivía en cierta ciudad, y deambuló con dificultades por más de cincuenta años. Su nombre es tal-y-tal. Todos mis tesoros ahora son suyos. "
En ese momento el hijo pobre se alegró mucho de escuchar esas palabras de su padre. Tuvo la más grande dicha de toda su vida. Pensó, “nunca soñé con tener este almacén de tesoros yo mismo. Ha venido a mí inesperadamente.”
EXPLICACIÓN
El hombre rico es el Buda Eterno mientras que el hijo pobre somos nosotros mismos que no realizamos que somos los hijos de Buda. A menudo pedimos al Buda, “Dame esto! Dame aquello!” Esto es todavía un nivel de shomon (estado de aprendizaje) que es básico y mediocre. A través del consejo del Buda, si ponemos esfuerzo sin darnos por vencido, nos serán dados los preciosos tesoros de la Budeidad.
De un artículo del Rev. Shokai Kanai
Traducción: Shami Yoryu de Alzáa http://www.nsparaguay.org
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